Por Marcelo Przylucki
Un nuevo día caliente de noviembre, vuelvo de otra larga (por lo menos así la siento yo) jornada universitaria. Como el colectivo me deja en las orillas de la ruta, no tengo más remedio que transitar el camino más largo hasta mi refugio. El resplandor beige del bario me hace apretar mejillas contra ojos, al momento en que mis máquinas de caminar se deciden a zambullirse por la comarca, con la ilusión de llegar hasta la última manzana, la número 15.
Ingresando por el sendero principal, lo primero que invita a ser visto es el playón trasero del colegio secundario. Remodelado hace menos de dos años, las columnas que lo rodean ya son huérfanas de alambres y las vallas futboleras desaparecieron como por arte de magia. Sin embargo nunca faltarán los entusiastas que se acerquen aquí para darle vida a la redonda (aunque ésta se entrometa a veces en patios vecinos a causa de un desafortunado puntapié). Me admiro de unos pequeños que juegan incansables bajo el castigo solar, pensando que tal vez cuando uno es niño no le da importancia a ello, ni tampoco lo advierte.
Sigo a paso lento cuando ya me veo cruzando la calle principal (Federico Leloir, para quienes estuvieron atentos a la edición anterior) y metros más adelante ya transito por el enorme cuadrilátero a cielo abierto que es el centro comercial en el que nada más puede haber, salvo una nueva bandera para el desabrigado mástil. Ya hay carnicerías, videoclubs y tiendas de ropas, juegos, mujeres paseando bebés, más niños jugando y personajes de todos los días tendidos en los bancos. En las manos de éstos no arde tabaco y lo que primero se me viene a la mente es cuando se reúnen en pequeños montones, por edades: o los domingos, según la sangre (sabalera o tatengue) que fluya en sus venas. Pero siempre en grupos, como en pequeñas islas repartidas como una península social. Canteros y árboles dan alguna que otra pincelada verde aquí donde el gris cemento es rey, mientras algunos traviesos se encargan del ruido con sonrisas, enredándose entre los caños de colores gastados momentos antes de que el sol llegue a su altura máxima y las madres comiencen a reclamar a gritos su presencia en la mesa desde los balcones.
Continuando camino, bordeo la única Iglesia (católica por cierto) del territorio y ya puedo profundizar la mirada hasta la última mitad del barrio. Una hilera de seis torres (de la Nº 9 a la 12) custodia mi izquierda y otra de maduros sauces me observa caminante desde el centro, podría decir que éste es una suerte de pequeño boulevard. Este trecho resulta siempre aliviador, es que el tránsito anterior me ha calentado la cabeza y ahora los árboles me susurran una brisa que hacen más frescos estos metros en días ardientes. Me descuido y ya estoy llegando al pulmón entre la torre 12 y 13, no sin antes mirar la nueva costilla del SAMCo que está siendo operada por caras conocidas. Contratados para la labor de construcción, los mismos que frecuentan los bancos de la plaza y acunan hierba en sus manos se encargaron de conseguir los empleos, colaborando con el crecimiento edilicio y aprovechando del trabajar a pocos pasos de sus hogares. Allí los veo cada mañana (cuando hago el recorrido inverso), hombreando bolsas, apilando ladrillos y revocando paredes.
Cruzando la calle una vez más veo gente apilada en la garita aguardando por el 2 que en ese mismo momento dobla, apresurando a una mujer que corre hacia la parada mientras revuelve enérgica su bolso en busca de un cospel o alguna que otra moneda. En el peor de los casos, acudirá a sus atributos para apelar a la solidaridad del chofer para que la lleve pagando menos o ni siquiera eso.
Ya estoy llegando a mi destino, el agua me enceguece reflejando las luces del cielo y mirando la arena de la playa ya espío cuerpos femeninos tostándose, aunque a veces el espectáculo decepciona. Alcanzando la última esquina a sortear, me topo con una postal habitual, un alma en contra del poste de luz, aguardando hasta el bostezo la salida de un coche de la línea 9. Antes de doblar hacia la frescura de mi lugar vuelvo la mirada y pareciera que puedo ver hasta la entrada del barrio, 12, 13, 14 mil almas detrás de mí hacen de las suyas mientras yo las miro, como cada día.
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