Por Carlos Abad
Con una lágrima deslizándose sobre mi rostro puedo observar a la naturaleza agonizando entre sus melancólicos interrogantes. Ella, ahora prisionera de ese siniestro hormigueo incesante, divagando en sus espinosas nostalgias no logra entender el por qué de semejante injusticia.
Un perfecto silencio se apoderó de la noche, silencio que con el paso de los segundos se hacía más grave, y yo sin poder hacer nada me contentaba con el sólo hecho de atestiguar la decadencia.
Podía ver a la naturaleza salpicada de la inconsciencia de aquellos seres que andan necios rigiendo sus rumbos por sus estúpidas afecciones; son seres apresados de su soberbia, sumamente creídos de su invulnerabilidad, que viven sin ni siquiera darse cuenta de que son un ínfimo engendro intelectual, y que es a la naturaleza a quien deben toda su subsistencia.
En aquella funesta selva de asfalto habrían sembrado su codiciosa conciencia repugnante, y sellado su destino tan sombrío como idiota y merecido.
La noche transcurría y la naturaleza se retorcía en una mezcla de sentimientos; en el universo entero no cabría consuelo para tan colosal enfurecimiento. El momento había llegado, sentía miedo, pero comprendí que era necesario e inevitable. Finalmente la naturaleza despertó de su abrumante lecho, y con su extremada e imperante fuerza, arrasó, entre medio de rencores, furia y remordimientos, con la humanidad entera, deshaciendo y desintegrando cada una y hasta la más mínima huella de su hostil indiferencia, y de su hipócrita narcisismo de especie.
Así, la noche fue sepultada entre los fúnebres racimos del destino, y el universo brilló de centellantes incógnitas…
Hay un estimulante dato que subyace a todo este acontecimiento, y es que nunca comprendimos en qué consiste… Sin embargo, mi razón nunca ha de permanecer estéril…
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